lunes, 16 marzo, 2026
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Nuestra América, protagonista del escenario global

Es notorio que el escenario global vive una intensa transformación. Nos encaminamos inexorablemente hacia un nuevo orden, aunque no se puede ocultar que nos asaltan las dudas sobre si lo que en rigor está moldeándose es un inescrutable y peligroso desorden. Otro, ahora más complejo que los de antaño. La guerra del Cercano Oriente –la enésima en dos generaciones– desacomoda aún más el tablero. Existe conmoción y aumenta la incertidumbre. Se comprueba definitivamente que en medio de la desglobalización, paradójicamente lo que acontece en otros lares afecta no sólo a países distantes como el nuestro, sino hasta el llamado “metro cuadrado” de nuestra propia familia. El precio del petróleo a pesar de los vaivenes geopolíticos, ese sí que está globalizado.

Lo más inquietante es que caen una a una las reglas del derecho internacional, ese que tiende a igualar el campo de juego. Los más débiles van así al desamparo. Es imperativo pensar y ejecutar una estrategia que neutralice que nos descuelguen del mapa y paralelamente que nos ubique como actores relevantes.

Hace un par de meses confiables fuentes de Washington dejaron trascender que la usina estratégica norteamericana pergeña un sustituto de los Grupos hoy actuantes, G-2, G-7, G-8 y G-20. A la ONU se la deja fuera de los principales papeles de trabajo. Parece marginada de la hoja de ruta. El G-2 funciona lábilmente acosado por la desconfianza mutua, más allá del viaje previsto de Trump a Pekín. El G-7 quedó literalmente minado por las amenazas de ocupar Groenlandia por la fuerza militar, la de incorporar a Canadá como “Estado 51” (¡sorprendente magno estado de casi 10 millones de km2 devenido una única provincia!, un dislate) y el menosprecio por el rol actual de Europa descalificada como un subcontinente decadente en proceso incivilatorio. El G-8 se neutralizó con la incorporación de Crimea y sobre todo con la invasión a Ucrania.

La estrategia implícita en el G-5 contiene dos claves: reconoce que el poder mundial tiene dos grandes actores, Occidente y el Lejano Oriente. Con una singularidad tan llamativa como desafiante para nuestra América –la latina-: estamos expresamente en la escena. Claro que a horcajadas de una peligrosa neodoctrina, la “Donroe”, el corolario de la establecida por Monroe en 1824 –“América para los americanos”-. Hace más de dos siglos, en esa geopolítica precursora de la expansión norteamericana, nuestro papel era el de un triste “patio trasero”. Por diversos motivos, afortunadamente hay algunos indicios que alientan a inferir que esta vez nuestro desempeño no sólo es más digno, sino que es protagónico. Occidente es en esta concepción geopolítica todo el hemisferio que comprende a las Américas y por extensión incluye al Ártico y a la Antártida.

La otra nota saliente es que el pensamiento estratégico de Washington –que sin dudas es tan dinámico como creativo– fracciona a Oriente con dos actores, China e India, a los que desea suficientemente recelosos entre sí como para que sus crecientes poderíos no resulten decididamente relegantes del rol de los norteamericanos inclusive en el Índico-Pacífico. Además cuenta con Japón –siempre fuerte, ahora cobrando mayor capacidad estratégica– que no se reconcilia con Pekín y es tanto un contrapeso como un antimural para el despliegue de China en el Pacífico. El quinto, Rusia, tiene asignado un papel complicado. Como no puede ser empujada a los brazos de Pekín, se la tienta con un destino euroasiático que siempre abrigó como directriz de su política exterior. Verdadera política de Estado diríamos hoy, ejecutada por los zares, los comunistas y el régimen ulterior a la caída del Muro. Esto configura ciertamente una amenaza para Europa occidental y en rigor para todo el llamado viejo continente. Es un enorme reto adunado a otros gravísimos problemas como la inmigración, el envejecimiento poblacional –la denominada desvitalización- y la crisis del Estado de Bienestar –salvo la sabia Noruega, con su fondo soberano, que hoy acumula 1,5 billones de dólares, todos surgidos de una alícuota de las ganancias por el petróleo del Mar del Norte que nadie robó y que todo el país nórdico ahorró-. Además, Europa quedó atrapada por una creciente burocratización asentada en Bruselas. Ya se sabe, a más burocracia, menos beneficios para la gente de a pie. Y menos resultados para las llamadas “políticas públicas” que tienden a ser autosatisfactivas para quienes las administran.

¿De qué depende que nuestra América sea actor principal y no el patio de atrás? De nosotros, sin dudas. Entre Hawaii y Washigton la distancia es de 7.837 km. En las islas del Pacífico había un rey que gobernaba una etnia absolutamente distinta a las que habitaban ayer y hoy en Boston o Nueva York. Sin embargo hoy es un estado norteamericano. Entre Buenos Aires y México la distancia es prácticamente la misma, 7.337 km. Empero la diferencia con Hawaii es que se amalgamó una cultura a través, por empezar del idioma compartido –“en la lengua se instala la cultura”, dice Julián Marías- y una constelación de pautas idiosincráticas comunes. Un dato para quizás despertar ideas a futuro: el virrey más progresista que tuvimos, Juan José de Vértiz, nació en Mérida, México. Al nacer éramos una unidad dividida en cuatro virreinatos. Dos siglos después somos una división tan profunda como absurda, al punto de que el año pasado el presidente de origen comunista –cabe señalarlo porque se supone que no es un belicista acérrimo- Boric amenazó con remover por la fuerza un panel de energía solar colocado por un precario puesto de frontera en nuestro territorio fueguino ¿El motivo? ¡Estaba 50 cm en jurisdicción chilena!

Nuestra América, apetente de protagonismo –si no lo busca abiertamente o lo tiene adormecido, habrá que despabilarlo– tiene que volver a las fuentes, es decir la idea confederativa, tan posible como indispensable. Se comienza por delegar la dirección estratégica de la política exterior de toda la América nuestra. Y se continúa paso a paso restaurando la unión. Sólo así, desde las tierras raras, el uranio, la energía y tantísimos otros recursos incluyendo la seguridad alimentaria para el mundo, pasando por los recursos humanos, esos que emigran por falta de destino, serán retenidos, contenidos y aprovechados para nuestro bien. La fragmentación apareja debilidad entre otras calamidades. La unidad obra cual imán de personas y capitales. Fortalece.

Otrora era el arco y la flecha. Hogaño, más veloz, pero también letal, el misil balístico intercontinental. En sustancia, la inveterada pugna por el poder y todos los intereses que involucra. ¿Seguiremos como furgón o nos atreveremos a ser parte de la locomotora de la nueva etapa histórica que auguran las transformaciones geopolíticas en pleno desarrollo?

Exdiputado nacional por el partido UNIR

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