Axel Soto nació en 1995 en el barrio San Cayetano y, desde muy chico, “tiró la caña” en una actividad que, probablemente, nunca imaginó que terminaría llevando en la sangre con tanta pasión y dedicación: la pesca.
Mientras prepara unos mates en el local donde trabaja desde hace varios años y atiende a algunos clientes que se acercan a hacerle consultas sobre lo que más le gusta, el joven pescador le da luz verde a la entrevista con ADNSUR.
Paso a paso, Axel relata que su primer acercamiento a la pesca fue a los cinco años. En aquel entonces, su tío político, Manuel Miranda, lo introdujo en un camino que aún hoy sigue recorriendo. “Cuando yo era niño, él vivía en el barrio Ceferino Namuncurá y estaba en pareja con la hermana de mi mamá. Siempre que mi vieja nos llevaba a su casa, mi tío tenía cañas, rieles y anzuelos sobre la mesa, todo listo para ir a pescar. Iban a la zona céntrica, sacaba la bicicleta y se iba al arroyo La Mata a buscar róbalos, siempre gastando lo mínimo, usando lombrices como carnada”, recuerda.
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“Íbamos de vez en cuando. Al ser chico, trataban de cuidarme bastante. Tengo recuerdos de ir a Playa 99 a buscar lombrices o de picar piedras detrás de lo que hoy es Jumbo para después buscar unos buenos róbalos”, agrega.
Durante la primaria, Axel estudió en la Escuela Provincial N°198. En esos años, combinaba el estudio con el fútbol en los recreos. “Era un chico que jugaba todo el día a la pelota y en clase se dedicaba a estudiar. Muy de vez en cuando surgían charlas sobre qué hacíamos el fin de semana. Algunos compañeros iban a pescar con sus viejos, pero nunca se dio la idea de hacerlo juntos”, cuenta.
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La influencia familiar también llegó por parte de su padre, aunque desde otro lugar. “Nunca fue fanático, pero sí pescador recreativo. Se iba de viaje, compraba una caña con dos cucharitas y nos íbamos directo al Lago Rivadavia”. Allí repitieron varias vacaciones de verano y sacaron truchas de dos o tres kilos, aunque Axel admite que muchas se escaparon por la inexperiencia.
“A los ocho años ya encarnaba solo, armaba mi caña, iba, pescaba, guardaba mis cosas y volvía”, recuerda con orgullo.
Con la llegada de la adolescencia y el acceso a internet, la curiosidad creció. “A los 12 o 13 años, con un celular y la revista Weekend, armé mis primeras líneas, agarré la bici y me escapé solo a pescar. A mi mamá no le gustaba nada; hasta hoy sufre cuando me voy solo a la playa”.
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Rugby, adolescencia y el mar como refugio
A los 13 años se volcó de lleno al rugby, defendiendo los colores del Comodoro Rugby Club como fullback o wing. “Los sábados eran de partido y los domingos, o cualquier día que mi tío tuviera libre, nos levantaba a mí y a mi primo y arrancábamos para el mar”.
Sin embargo, la pesca siempre fue un espacio distinto. “En el rugby nunca encontré un amigo que me dijera de ir a pescar. Siempre fue con mi tío, mi primo o amistades. Era agarrar la bicicleta e ir a la costanera, a Playa 99, a Rocas Coloradas o al barranco de Kilómetro 8, antes del Farallón”.
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“Nunca me cansé. Siempre tuve al mar de aliado, en los peores y en los mejores momentos. Para lo bueno, el mar; para lo malo, también”.
Durante la secundaria, las salidas compartidas empezaron a aparecer, aunque de manera esporádica. “Coincidí con algunos compañeros. No íbamos todos los días, pero una vez al mes metíamos una pesquita”, recuerda. Para él, la pesca siempre tuvo algo más profundo: “Es una de las actividades más cercanas a estar meditando”.
Con el tiempo, siente que la esencia no cambió. “Sigo igual que cuando era chico. Es llegar a la playa, respirar hondo, relajar el cuerpo y esperar. No hay nada más lindo que una brisita de aire en la cara, sentado en la reposera esperando el pique”.
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Cada salida tiene su ritual. “Arranca antes de llegar, con una charla o un mensaje sobre el pronóstico. Después decidimos qué está saliendo, qué carnada usar, preparamos la parrilla, el anafe y vemos cuántas mareas vamos a hacer. Una jornada puede durar desde tres horas hasta 12 o 18”.
Redes sociales y una pasión que se multiplica
Con el tiempo, sus capturas y experiencias empezaron a viralizarse en redes sociales: “No tomo dimensión del alcance. Recién cuando veo las métricas me doy cuenta”, admite. Sin embargo, la interacción fue marcando el camino. “La gente me empezó a pedir que explique cosas, que muestre cómo hago tal o cual técnica”. Con conocimientos en fotografía y edición, Axel comenzó a subir contenido a YouTube. “El canal nunca despegó, pero tengo buenos videos”.
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En febrero de 2025 decidió dar un paso más. “Lo tomé como una motivación para empezar a subir contenido. Soy un manija de la pesca”, dice. Y resume una idea que repite seguido: “En la playa somos todos iguales. Como te puede picar a vos, me puede picar a mí”.
¿El alumno superó al maestro?
La relación con su tío mantiene una competencia sana. “A veces lo molesto, pero me muele a palos pescando”, reconoce. Axel incorporó técnica, estudio y análisis, mientras que su tío se mantuvo fiel a su estilo. “Es más rústico, fanático de la línea de tres anzuelos, el plomo y las mismas carnadas de siempre. Y está perfecto”. Para él, la experiencia pesa más que cualquier conocimiento teórico. “Cuando hay que clavar un pique, gana el que tiene más experiencia”.
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Más allá de eso, el objetivo es otro. “Con mi tío lo único que quiero es compartir un buen momento, tomar unos mates, pescar y pasarla bien”.
El día que sacó un tiburón y decidió devolverlo al mar
Desde hace más de cinco años, Axel lleva una bitácora de pesca donde registra cada salida: clima, mareas, horarios y carnadas. “Anoto todo”, explica. Ese registro le permite comparar resultados y aprender, aunque aclara que el disfrute va más allá de los datos.
Esa preparación fue clave el día que sacó un tiburón gatopardo de gran tamaño. “Fui con el dato de dos clientes”, cuenta. Uno había tenido ese pique y el otro le recordó que, antes del torneo de la Fiesta del Pejerrey, suelen aparecer peces grandes en la Bajada de la Osa.
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El equipo estaba listo: cable de acero de 200 libras, línea balancín, anzuelo 11/0 y carnada pequeña. “Cuando empezó a picar, esperé diez minutos y clavé”: el tiburón medía 2,60 metros y pesaba cerca de 100 kilos.
“Era muy grande, merecía volver al agua. Es un reproductor clave, está arriba en la cadena alimentaria”, aclara. Ante ello, Axel explica cómo sería su impacto de manera simple: “Si matás un tiburón así, se rompe el equilibrio. El de arriba se come al de abajo y así sucesivamente”. Ante las críticas, fue claro. “Puede estar varios minutos fuera del agua. Yo lo tuve dos y lo devolví al instante”.
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Mirar hacia adelante, sin soltar la caña
Axel está convencido de que la pesca en la región va a seguir creciendo. “Se va a duplicar o triplicar la cantidad de pescadores”, asegura. Y hay algo que lo entusiasma especialmente: ver a los chicos acercarse a la actividad. “Que un nene elija estar al aire libre, viniendo a comprar su primer equipo, me encanta”.
Su presente laboral también está atravesado por esa pasión. En 2018, Florencia, una de las responsables de El Coyote, le ofreció trabajar en el área de pesca. “Estaba en una etapa de dudas, pero le di para adelante. Es el mejor trabajo del mundo, más si te gusta la pesca”.
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Con la mirada puesta en el futuro, Axel proyecta nuevos desafíos. “Me gustaría dar clases de pesca, seguir subiendo videos y generar una comunidad”. Siempre con la misma idea: compartir lo aprendido sin perder la esencia.
