La guerra en Irán estrenó su tercera semana. Pese a que el presidente Donald Trump, el lunes pasado, la dio por “prácticamente terminada”. Irán ya “no tiene marina, no tiene comunicaciones, no tiene fuerza áerea”, dijo. “Si uno mira, ya no les queda nada. Nada en términos militares”. Arrasada, Teherán todavía tiene leverage y voluntad de combate. Además, el régimen islámico mantiene las riendas del poder interno, aunque debió cambiar de ayatolá Jameneí. Muerto el padre, viva el hijo. No importó que Trump lo considerase inaceptable. Irán no es Venezuela. No se rinde, no pide clemencia y promete venganza. Posee misiles, drones y lanzaderas móviles – son apenas una fracción de las disponibles quince días atrás – para asolar a Israel, a sus vecinos y a la navegación por el estrecho de Ormuz (como lo testimonia la destrucción de más de una docena de buques). Esta última facultad – el bloqueo por la vía de la amenaza de agresión de un paso clave para el tráfico de 20 millones de barriles diarios de crudo, una quinta parte del consumo global – es la palanca que compensa la asimetría de poderíos, sostiene la guerra y prende fuego a los precios de la energía.
El shock petrolero dejó de ser solo una amenaza en ciernes. Ya tritura precios y las expectativas de moderación. Es un trago amargo, demasiado temprano, para los planes de la Casa Blanca. El lunes último, el crudo Brent se disparó por encima de los 100 dólares el barril y rozó los 120. Trump acusó recibo. Allí cantó victoria y dio la guerra por casi completada debido a que los objetivos militares están todos “muy avanzados”. Y a falta de interlocutores en Teherán, habló con Vladimir Putin – como si fuera el bróker de la paz – y le transmitió el referido parte de operaciones, y, se supone, el recado implícito. El petróleo se calmó. ¿Tal vez con alguna intervención del Tesoro en la trastienda? Si compró pesos en la crisis argentina, bien pudo ahora vender algunos contratos de crudo. Nada, sin embargo, que se haya podido comprobar más allá de los rumores. El martes, el Brent cerró en 87,80 dólares. Miércoles y jueves la inquietud regresó. La noticia de la liberación de 400 millones de barriles provenientes de las reservas estratégicas de 32 países miembros de la Asociación Internacional de Energía no fue el bálsamo que se pretendía. No hay stock que soporte por mucho tiempo la interrupción de los flujos. Las noticias de una escalada en Ormuz – seis distintas agresiones – crisparon los nervios y pesaron mucho más. El viernes el barril terminó levemente por arriba de los 103 dólares. Ya se dijo aquí: la guerra puede seguir. Lo que no puede seguir es el alza de los precios del crudo. Y si no hay más remedio que elegir, pues, entonces que haya paz.
Todo lo que Washington ensayó para impedir esa foto incomodísima no funcionó. El secretario de Energía, Chris Wright, posteó que “la marina de los EEUU había escoltado exitosamente el tránsito de un buque tanque a lo largo del estrecho de Ormuz para asegurar que el petróleo continuase fluyendo hacia los mercados globales”. Sin embargo, se comprobó que no había sido así – eran “fake news” – y debió eliminar el mensaje. “Tal vez sucedió en la Play Station”, se burló un parlamentario de Teherán en las redes.
Ormuz es el nudo gordiano que Trump no puede resolver para poner fin al capítulo militar de su incursión en Irán. Su espada debería golpear allí hasta imponerse, pero en esa sinuosa geografía lo que brilla es su ausencia. El presidente los corre a los iraníes con la vaina. “Si hacen algo que detenga el flujo de petróleo por el Estrecho de Ormuz, Estados Unidos responderá con una fuerza veinte veces mayor que la utilizada hasta ahora.” El comercio se frenó, es un hecho. La respuesta – más allá del bombardeo de la isla de Kharg, la principal terminal petrolera iraní – es una promesa terrible, pero incumplida.
¿Falló el planeamiento de la operación militar?
¿Fue una contingencia no prevista que Irán bloqueara el estrecho, como sugiere un informe de la CNN que el gobierno desmiente con energía como “fake news”? Es más fácil creer que lo que falló fue el plan político. Con un cambio de régimen como el que planteaba Trump – un bis de Venezuela, por insólito que parezca; considerando que ya el original luce como una ficción – Ormuz no hubiera sido un problema. Un gobierno amigable lo necesitaría despejado para reconstruir rápido sus finanzas.
¿No debió existir un plan B para aplicar si el cálculo político se revelara un fracaso o demorase más de la cuenta? El citado secretario de Energía Wright afirma que los precios de la energía van a caer cuando EEUU destruya la capacidad de Irán de atacar buques tanque. Cuando tiene razón, tiene razón. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, el principal afectado por la guerra en el Gabinete, habla no solo de la Marina de los EEUU, sino de una coalición internacional que escolte a los barcos en el estrecho. Y Trump, que siempre se cortó solo, presiona a viva voz a favor de esa solución multilateral sobre la marcha. “Esto debió ser siempre un esfuerzo de equipo, y ahora lo será”, posteó en Truth Social.
Washington eligió a gusto el momento de iniciar la guerra. Como parte de ese plan B, ¿no debería haber alistado una fuerza específica para intervenir en Ormuz en caso de necesidad? No lo hizo. Ese vacío es el que un Irán maltrecho aprovecha para fogonear una crisis de la energía. ¿Qué falló? La guerra comenzó un sábado a la tarde con la información de inteligencia que permitió la eliminación del ayatolá Alí Jameneí y su entorno. Prevaleció la urgencia del plan político por empujar el cambio de régimen. Y la flota (y la aviación táctica de apoyo y ¿las tropas desplegadas en la costa?) que desean Trump, Bessent Y Wright no se movió de la PlayStation. A salvo, también hay que decirlo, de los riesgos de pérdidas de vidas y material que habrá que correr si se pretende que su participación sea eficaz.
Esta guerra aún breve despliega un sólido inventario de daños. El petróleo que a principios de años amagaba hundirse por debajo de los 60 dólares trepó 70% en lo que va del año. El precio promedio en los EEUU del galón de nafta subió 25% desde que se disparó el primer misil y superó los 3 dólares y medio, una vara de gran sensibilidad dañina para el consumidor. En la California woke cuesta dos dólares más. La población protesta. Trump se olvidó de su promesa de bajar los precios de la canasta familiar el primer día de su gestión. Y de terminar con las guerras en el extranjero. La diatriba constante de la gente común es por la carestía de la vida desde que estalló el Covid. Y ahora deberá pagar las facturas adicionales que trae la guerra de Trump. Urge, pues, cambiar los planes políticos. En Irán, pero sobre todo en los EEUU. Cuanto antes se pueda soterrar la experiencia del Golfo, mejor. Cuba y Díaz Canel prometen más comprensión. Y esa es la imagen de la política internacional – un éxito más cercano y palpable – que debe tener el votante cuando concurra a las urnas en noviembre.
“Drill, baby, drill” fue el mantra petrolero de la campaña presidencial en 2024. El Tesoro apostó fuerte a una expansión de la oferta que permitiese recortar los precios de la energía, y así bajar la inflación y las tasas de interés. Y aunque no se perforó más en los EEUU y no se cumplió, el presidente anudó acuerdos con los países del Golfo Arábigo y la Rusia de Putin, y aumentó la oferta de crudo de la Opep plus en los mercados globales. La aventura iraní supone una drástica reversión: es un shock adverso de oferta, potencialmente tres veces más nefasto que el que produjo la invasión a Ucrania en 2022. Son dos políticas completamente en las antípodas de una misma Administración.
El secretario Bessent – un veterano trader de monedas – consiguió la proeza de reducir las tasas de largo plazo de forma sostenida desde enero de 2025. Unos días antes de asumir Trump, las tasas a diez años llegaron a tocar 4,80% en el medio de una fuerte desconfianza. Ninguna otra tarea le requirió más empeño que velar por su continuo repliegue. A pesar de que los aranceles abultaron la inflación, y de que Trump pasó por el Congreso un nuevo paquete fiscal expansivo y desató una guerra feroz contra la Fed de Jerome Powell. Un día antes de comenzar la ofensiva en Irán, las tasas largas se habían hundido a 3,95%. El viernes cerraron a 4,26%. Subieron más de un cuarto de punto en apenas dos semanas de intercambio de misiles. Se entiende por qué el Tesoro aboga por una guerra corta.
La economía y los mercados en alerta
El shock negativo de oferta es lo peor de dos mundos. Puede frenar a la economía y empujarla a una recesión. Y a la par, acrecentar las presiones inflacionarias. En vano, Trump trató de remediarlo conminando a la Fed a que baje sus tasas, incluso antes de la reunión de este martes y miércoles. No ha lugar: las tasas de dos años también se empinaron más de un cuarto de punto desde que comenzaron las hostilidades. ¿Y qué piensa Trump que hará Kevin Warsh, su heredero designado para reemplazar a Powell? Agradecer que el Senado demore su aprobación hasta que la Administración reacomode sus prioridades. Irán detonó toda la arquitectura que Bessent había preparado para la transición del mando en la Fed. Ceder a las exigencias invariables del presidente – que baje las tasas, no importa cuando leas esto – sería echar nafta al fuego de las tasas largas, un remedio peor que la enfermedad.
La Bolsa resiste como puede. O, mejor dicho, retrocede todavía con elegancia. El índice S&P 500 cayó 4,96% desde los máximos. Se desliza sin berrinches hacia una corrección de manual de 10%. Está todavía a mitad de camino, pero sin muelle confiable adonde aferrarse. Trump ya dio un golpe de timón, declaró seis veces el fin de una guerra casi terminada. Pero hasta que no se abran las aguas de Ormuz, las acciones navegan al garete sin más guía que la agitación nerviosa de los precios del petróleo y las tasas largas. Que las posiciones cortas de los traders comerciales en los mercados de futuros de crudo se estén achicando sensiblemente es muy buena señal, pero es menester primero encontrar un anclaje.
La Bolsa se expone a otros shocks negativos que operan en simultáneo. Se los puede enumerar con facilidad. Sobresalen las desventuras del private equity (capital privado) y el deterioro creciente de sus créditos. Se trata de un zoológico cerrado con 1,8 billones de créditos concedidos adentro que cada día que pasa se cierra más para retener allí los quebrantos. En forma directa los bancos prestaron entre 300 y 350 mil millones de dólares que podrían verse afectados. Por su culpa, el índice bancario KBW ya se hundió más de 10% en el año y se sumergió en el pantano de una corrección.
El vía crucis incluye la extrema sensibilidad a los avances de la inteligencia artificial (IA) y el castigo a sectores como los de software y servicios que antes eran muy rentables (y estables) y hoy deben reconstruir su modelo de negocios. Y la incertidumbre sobre el destino de las Siete Magníficas ahora que la IA las fuerza a competir entre sí. El atajo de avanzar por la senda de las compañías pequeñas y medianas, las rezagadas del ciclo y también las más baratas, sirvió de vía de escape vertical, rápida y explosiva, hasta que Trump atacó Irán. La volatilidad alta y persistente que desató la Furia Épica no cede. La niebla de la guerra, pero, sobre todo, la energía en llamas, obligan a desensillar hasta que aclare.
